Vi a oscuras del atardecer como enterraban el cadáver de mi
padre. Causa: la muerte, pero más allá de eso, la pena y amoríos efímeros
sellaron sus ojos. No pudo soportar el peso que la vida le prometía sobre sus
hombros así que decidió tirar la toalla. Muchas veces le vi luchando contra
este peso mortífero, sólo necesita de un pequeño cigarrillo para seguir
adelante, era como si con ese pitillo venenoso regaba sus esperanzas para
continuar con su vida. Cada cigarrillo contenía la suficiente cantidad de veneno para matarle a la edad que murió,
pero éste no le mató, en cambio le ayudaba a seguir.
Se resguardaba en el alquitrán y el humo grisáceo.
Miré por última vez
el ataúd y fui a buscar un lugar en
donde sentarme. Compré un cigarrillo a una señora que vendía cigarros y
caramelos a los muertos y a quienes le visitaban. Lo tomo entre mis dedos pero
antes, leo qué marca era el cigarro, cónsul, lo enciendo, inhalo y exhalo hacía
las nubes con toda mi pena. Comenzaba a entender la estrategia de mi padre con
el cigarrillo y sus problemas. Hundido en una fatídica tristeza no me quedaba
más que tratar de buscar el exilio de esa sensación de la forma más humana que
podía.
Pasado los días, comenzaba a comprar cigarrillos en la calle
mientras salía a caminar para distraerme un rato. Un día saqué cuenta de cuanto
gastaba en pasajes y en cigarros. Decidí que ya era hora de ahorrar y ser más
flojo, así que compré mi primera caja de cigarros, veinte unidades atrapadas en
una misma cajita. Pedí Marlboro rojo
porque fue la caja que me atrajo. Me sentaba en las plazas a solo pasar el rato
y pensar en las cosas que te puede preparar la vida sin que uno tenga la
preparación para afrontarla.
Terminadas mis tardes
de pensamientos debía regresar a casa y en un viaje en bus, asimile que mi
madre ya sospechaba que era un fumador, así que era mejor correr con la verdad,
a que me atraparan con ella. Mis primeras palabras fueron las más fáciles –
«Mamá, te debo decir algo…» – surgieron con mucha naturalidad, pero el resto de
la oración era la parte más difícil, no sabía cómo suavizar la idea de que su
hijo de diecisiete años era un fumador, uno como lo fue su padre. Las palabras
no llegaban, mi cabeza estaba en blanco, las palabras habían desaparecido, sólo
quedaron dos y eran; -«Eh, este… »- Cerré mi puño y me senté en su cama. Mi
olor decía lo que yo quería informarle (pero siempre es bueno usar las palabras) y le dije: -«Mamá, estoy comenzando a fumar».
- Primero fueron esas palabras de lamento, esas preguntas de por qué se hacían
las cosas malas y no las buenas, tomé esa oportunidad y le dije que me sentía
triste y en el cigarrillo conseguía la calma necesaria para afrontar el luto
que se estaba hospedado en nuestro hogar. Ella intentó sonreír, pero el dolor no le
dejó. Me abrazó y dijo -«Espero lo dejes
pronto». No hubo discusión, no hubo castigo ni tortura, sólo aceptación (ya que
al parecer a mi madre lo que le importa es un bienestar temporal, sin importar
las consecuencias que ésta traiga después ¡Algún día te probaré, LSD! Todo sea
por mi bienestar).
El primer aumento al precio de los cigarrillos, pero debía hallar la manera de seguir comprándolos, pero cómo le decía a mi madre que el pasaje había aumentado (con esa mentira usaba el dinero para comprar cajas de cigarrillos) si ella también usaba el transporte público. Debía encontrar una excusa más tragable y menos “boleta”, así que inventé que me daba hambre mientras andaba por las calles y no me alcanzaba el dinero para comprar algo. Funcionó, me concedían algo más para que me pudiera alimentar, pero claro, yo lo usaba para cigarrillos. Fue así, como con un cierto poder económico podía adquirir hasta dos cajas, pero una vez, solo por curiosidad decidí comprar de marcas diferentes y de tal manera ir probándolos. Una de Belmont y otra del siempre bueno y gustoso Marlboro. El primero no era tan fuerte, era algo más ligero y rápido de consumir pero también dejaba un sabor extraño en la boca, mi paladar sentía un acero oxidado en cada sorbo que inhalaba, en cambió el marlboro, más allá de dejarme una resaca, también dejaba un hedor muy fuerte sobre mí. Liquidada la caja de Belmont, pensé ¿qué tal sería probar los otros cigarrillos? Y así ver de qué me perdía. Toda esa semana compraba dos cajas; una de marlboro y otra diferente. Cónsul, Belmont, Lucky strike, Astor. Los probé todos pero ninguno fue igual, todos eran pobres frente a esa maravillosa cajetilla roja con blanco y letras negras, de ninguna forma le podía ser pérfido.
Con el dinero pero sin la duda de probar otros cigarrillos descubrí que lo
mejor de sentarte a pensar en una plaza, además de consumir un cigarro era
acompañarlo con un té frío, también que la razón por la cual me volví adicto a
la nicotina en pitillos era saber cómo hacía mi padre para seguir adelante. El
cigarro no tenía nada que ver, sólo unas migajas de esperanzas en su cabeza,
era eso, sólo eso.
Él se escondía tras
un vició para calmar la irá que le consumía. Yo, en cambio me refugió tras un
vició común para consumirme a mí mismo, para ver si en algún futuro llegó a
tener las mismas esperanzas que mi padre tenía, para ver si consigo una vida
menos aburrida y al final de ella, ver quién llora en mi funeral, así como lo hicimos en el
de mi padre.
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